CUBA entre LiBrOs

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Las circunstancias que vive un país se reflejan de forma general en su arte, ya sea cine, literatura, fotografía o cualquier otra manifestación. La misma panorámica política o social repetida en tantas obras puede caer en la monotonía o simplemente encontrar disímiles vías de expresión, algunas más atrevidas y directas, otras indirectas y más sustanciosas. De cualquier manera, es un reto ofrecer un nuevo prisma de la sociedad cubana que sea fresco, espontáneo y que sobre todo refleje la situación real en la actualidad. 

La nada cotidiana, de Zoé Valdés, es una metáfora de la realidad social cubana de estos tiempos, expresada mediante trozos de historias comunes, escenas típicas y personajes anónimos que son modelos muy habituales en el panorama de la isla.

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La noche del Aguafiestas nos envuelve entre palabras, nos cobija del peligro de lo tradicional sin límites y no cesa en su intento de hacernos cómplices del conversar por conversar, aún como meros oyentes. Aunque como lectores descubrimos que no solo escuchamos, nuestra mente también dialoga, repite como un eco las disertaciones de los personajes y acaba participando de la fantasía de la noche.

La noche del Aguafiestas es el retrato de cualquier noche habanera, en la que tienen lugar tertulias perdidas, encuentros sin ton ni son, y hasta fantasías comunes encontradas. 
El Aguafiestas es una de esas fantasías, un sujeto sin edad ni morada, contradictorio pero interesante, resumen de los conocimientos cultos de todos los contertulios y quizás por eso el más crítico, el que todo lo sabe y siempre dice la última palabra.
En el Aguafiestas convergen todas las fantasías, pero él también inspira nuevos cauces de creación, reinventa el ambiente y lo enrarece si se ausenta. En sus momentos de evaporación los otros asumen protagonismo, pero también lo echan de menos, notan en falta ese antagonismo, esa crítica inflexible que hace avanzar la tertulia, pedante a ratos, aunque entrañable y a veces graciosa.

No en vano le llaman aguafiestas a Aristarco Valdés, el que siempre guarda un pero ante cada cuestión. Tal vez Aristarco Valdés sea otro nombre a descifrar: ¿pudiera llamarse Aristarco por el célebre gramático alejandrino Aristarco de Samotracia, conocido por sus críticas severas? ¿y entonces, el apellido Valdés, quizás en homenaje a la clásica obra de Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde?

Sea como sea, Aristarco es el moderador de la noche a la que todos asistimos como espectadores. Podemos sentarnos en el muro del Malecón y recorrer con ellos los rincones claves de la velada nocturna por la Habana Vieja, mientras la ciudad duerme, y pasar la Avenida del Puerto, hacer una parada en el Restaurante La Torre de Marfil, luego coger la calle Obispo hasta la Plaza de Armas, y finalmente desembocar otra vez en el Malecón. Solo nos costará una novela participar de esta cita improvisada.

Pero, ¡atención a los lectores! la puesta en escena no es improvisada, tampoco lo es el estilo narrativo. Hablamos aquí de una novela diferente, con mezcla de otros estilos literarios, con un hilo argumental circunscrito a la velada nocturna que disfruta este pequeño club, espontáneo y bohemio. También se puede hablar de una novela homenaje, sobre todo a la conversación, pero seguidamente a otros escritores, obras y filosofías.

Este homenaje general va trascendiendo a través de los temas de charla, como en cualquier conversación habitual, en la que vamos abriendo diferentes pestañas para finalmente volver al asunto central. Aunque a veces tampoco necesitamos una temática principal, solo basta con el conversar y los temas respiran solos y adquieren vida propia. En este vaivén de voces, los personajes también entrecruzan palabras, interrumpen, se aíslan, buscan atajos en el diálogo, reflexionan en voz alta, se encuentran y se pierden...

Es el Aguafiestas quien rompe el hielo cuando se aventura en el tema de la relectura y la opción de clasificar el valor de los libros según la mayor o menor necesidad que le inspiraba leerlos. Aquí comienzan las primeras referencias literarias respecto de los franceses Émile Faguet y Marcel Proust.

El acto de la cena en el Restaurante La Torre de Marfil también se convierte en un momento propicio para hablar sobre la cocina cubana modesta y poco variada, en contraste con la gran riqueza de las frutas. Y entonces vuelven más influencias literarias, referidas a la comida de la familia Gamboa en la novela Cecilia Valdés y en homenaje a la obra Electra Garrigó de Virgilio Piñera.

Los temas se van imponiendo, con sus altos y bajos, y le llega su turno a un hecho interesante y abandonado, aquel en el que se relacionan tres posiciones claves como son sentarse, recostarse y acostarse, con tres muebles claves correspondientes: la silla, el canapé y la cama. Esta cuestión será la catalizadora de las distintas mini historias que se narran durante esa noche, en las que son los otros quienes ganan protagonismo, mientras el Aguafiestas pasa por uno de esos períodos de evaporación.

Actité habla sobre la manera que tenía su madre de sentarse en el sillón de su cuarto y Licino la acompaña evocando sus recuerdos de la infancia y la costumbre de su madre de improvisar sillas para sentarse en la playa.

Pero en sí los relatos más trabajados son los de Jenofonte sobre su gran admiración por el cuadro Madame Recamier de David, y el de Filonús sobre su padre y su tía. La alusión a las posturas de estar reclinado y acostarse inspiran dos sorprendentes historias, con referentes cultos y de fantasía, que suavizan la tertulia gracias al espacio narrativo que desarrollan.

Arrufat nos ofrece esta simbiosis de ensayo, teatro, poesía y narración y nos acompaña a través de sus personajes en esta noche habanera, símbolo de elocuencia, de temas que brotan sin parar, de reflexiones culturales y filosóficas, de cubanismo y algo de jerga popular, de alusiones literarias y erotismo; todo en una apuesta valiente que no deja margen al aburrimiento, sino que fluye como una conversación espontánea, sin estructuras ni estilismos prestablecidos, y en la que nos perdemos gustosamente los que también somos noctámbulos. Y finalmente, se convierte en nuestra noche, mientras otros lectores duermen.


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Un poco más de azul, escrita en el 2004 por el camagüeyano Manuel Reguera Saumell, es una propuesta refrescante, llena de cubanismo, un eco de la Cuba de los años 50, ilustrada a través de una historia sencilla, nada rebuscada, pero bien insertada en el panorama político y social de aquel momento.

La historia comienza con el empleo del joven Quirino Sandoval en el Salón Colón de Doña Trina, una barbería situada en los alrededores del Cementerio Colón, en el Vedado. La experiencia como barbero le venía a Quirino por tradición familiar, pero sus deseos de superación eran cosecha personal, y la oportunidad de dejar el negocio familiar en el barrio de Luyanó para seguir su propio camino en una barbería del Vedado, entrañaba una mejoría más que apetecible.
Por su parte, a la matrona del Salón Colón también le interesaban las energías que el recién llegado podía aportar a su negocio. Los años ya le pesaban y ella, que era el referente y el sostén de su hija Trinita y sus nietos Crisanto y Trinitica, necesitaba un respiro y, sobre todo, un relevo. Aunque Quirino no podía saber que, con el tiempo, el relevo no sería solo en cuestiones laborales, sino también en relación a cuestiones más económicas y familiares. Pero en definitiva, tampoco perdía nada el joven barbero, más bien al contrario, parecía que maduraba y se abría más puertas a cada paso, a pesar de las vicisitudes externas.

Y a veces al margen de la vida de algunos personajes, otras de primera mano gracias al Crisanto comprometido políticamente, y siempre como telón de fondo de la trama, aparece una Cuba revuelta, sujeta a cambios, inmersa en una crisis política y social y al borde una transformación inminente, aunque incierta, de sus destinos.

A pinceladas, el lector va asistiendo a un recorrido histórico de varios hechos que marcaron la vida del país en aquella década: el suicidio del líder ortodoxo Eduardo Chibás, el golpe de estado de Fulgencio Batista, el asalto al Palacio Presidencial y la entrada de los rebeldes a la Habana en 1959.

Manuel Reguera también rememora el ambiente de la Cuba prerrevolucionaria y evoca para el recuerdo aquellos sitios o instituciones que se han perdido, quizás porque ya no existen o simplemente porque su uso para otros fines los han desprovisto de su carácter original. Hablamos en este caso del Club Almendares, de la tienda El Encanto, del Vedado Tenis Club, de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva...

Sin llegar a ser muy amplio, el abanico de los personajes nos muestra la gama de clases sociales con sus luchas internas y sus intereses cotidianos. En Quirino se muestra al típico cubano de a pie, que con su esfuerzo se va abriendo paso hacia el éxito, que no participa en política y prefiere cuidar de los suyos. Con la familia de Quirino se identifican las capas más humildes, sencillas y trabajadoras, con el barrio de Luyanó como ejemplo, y las referencias más fuertes de la santería afrocubana.

Como representantes de la clase media, en el barrio del Vedado, tenemos a la vieja Trina y los suyos, encargada de tirar adelante su negocio para mantener a su hija y nietos, en su afán de ofrecerles las mejores condiciones posibles y orgullosa de poder pagar la carrera universitaria de su nieto Crisanto.

La high life viene identificada por el arquitecto Aquiles Ibarra y su hija Lucía, residentes del antiguo Reparto Biltmore. Y como mención secundaria, también se hace alusión a la presencia de la mafia en los negocios y los intereses de las clases altas.

Otros personajes arrastran sobre sí el peso del rechazo social y mantienen viva la lucha por su aceptación bajo ningún condicionamiento. Se trata de Yamilé Rodríguez, enfermera del Hospital universitario Calixto García, madre soltera sin prejuicios y a mucha honra, y de Tata Marsicano, el famoso pitcher del equipo de béisbol del Almendares, que puede ver comprometida su fama por su homosexualidad. Respecto a la política, también se muestran los polos opuestos en los personajes de Crisanto, relacionado con la lucha contra Batista y por la revolución, y el Cojo Mendieta, torturador del régimen batistiano en el antiguo Buró de Investigaciones.

Los personajes no están delineados a través de descripciones, sino que es más bien a través de lo que dicen, de lo que sienten y de cómo piensan, que nos hacemos una idea de su personalidad, de su carácter más o menos fuerte y de cómo se toman la vida. El autor también comparte sensaciones con sus personajes, al hacerlos partícipes del desengaño ante la situación del país, de la necesidad del exilio y del gesto nostálgico hacia el pasado.

La prosa de Reguera Saumell es cubanísima, popular, a veces como de barrio, y resulta cercana, instantánea, sin subterfugios. Mezcla frases coloquiales con palabrotas o dichos vulgares y puede cambiar a un registro más refinado cuando el personaje lo requiere, haciendo uso de vocablos en inglés o de expresiones más castellanas. El erotismo de los personajes también fluye de forma natural, como en cualquier cubano, y las referencias a lo afrocubano son espontáneas.

En su estilo destacan algunas fórmulas intencionales de repetición en forma de dichos populares, y la costumbre de anunciar el futuro inmediato, antes de tratar el acontecimiento que tendrá lugar más adelante. De esta forma crea un efecto de mirada al pasado, contado desde el exilio de modo cómplice, puede darse por hecho lo que viene después.

Quizás la nota principal de la narración de Reguera Saumell sean sus diálogos, todo acontece mediante hechos y conversaciones, se vive el presente de los personajes, su cotidianidad mediante sus expresiones más espontáneas. El lector puede leer de manera fluida, incluso puede llegar a confundir su sensación de leer con la experimentada ante una película o una obra de teatro, es evidente que leemos a un dramaturgo.

Y como colofón, igual que en la vida del escritor, llega el exilio. Con ello, se remarca más el análisis del antes y el después, la recreación de las circunstancias que vivieron los que se vieron obligados a emigrar, la nostalgia de los primeros tiempos que se controla pero nunca desaparece, el comenzar desde cero, el reproducir en Miami otra patria chiquita...Nuestro protagonista gana mucho, pero también pierde: a pesar de los logros el sabor es agridulce.

El simbolismo del título, Un poco más de azul, se recrea más de una vez a lo largo de la novela. La vista desde el malecón habanero es testimonio de la mezcla de azules de mar y cielo cubanos como en una fusión cómplice. Pero no es hasta el final de la obra que se da la clave para la última interpretación de por qué un poco más de azul. Un poco más de azul es la metáfora convertida en moraleja en la que seguimos reflexionando.

* Recomendada en especial a los cubanos, a los que simpatizan con Cuba o quieren conocer más sobre ella, a quienes la han visitado e intentan comprenderla, y en general a los que quieran disfrutar de una historia contada de forma típica y refrescante.

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 Entender que de dónde somos o de dónde venimos es clave en nuestra idiosincracia, en nuestros valores culturales y hasta en nuestros condicionamientos, nos ayuda a orientarnos mejor, a prever comportamientos o facetas, o maneras de actuar comunes que nos clasifican en un grupo nacional determinado.

   A los cubanos nos unen lazos externos muy conocidos por todos -como la salsa, el béisbol, el ron o el dominó-, pero internamente mantenemos una conexión mucho más fuerte, que es el dolor por Cuba: una paradoja existencial que parece contradecir el carácter que mostramos de cara afuera.
  La nostalgia es preocupación, a veces impotencia o autocrítica. Los libros son un escudo, o quizás un espejo, según se mire se convierten en una justificación, una necesidad o una rebeldía. Pero ahí quedan, como sombras de la realidad, no siempre ficticia, y aún ficticia, en muchos casos reveladora.

  Entre libros Cuba revive, muestra su verdadera esencia. Entre líneas nacen ecos de la situación de un país que ha perdido el rumbo.

  Cuba entre libros irá presentando novelas, ensayos o libros de corte histórico que tengan a Cuba como temática principal, ya sea de escritores cubanos o extranjeros, ya sea de aquellos que escriben desde dentro o desde el exilio, incluso tanto de ahora como de antes.

  Entre libros podemos disfrutar del auténtico sabor cubano, podemos entender las distintas facetas contradictorias que Cuba muestra, visitar a través de la memoria lugares olvidados, desempolvar los ecos secretos de su historia y, en definitiva, revivir Cuba, así sea desde la distancia.

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